Sobre la extraña experiencia de aprender más de uno mismo, explicando el mundo a quienes no lo conocen
Siendo padre, existen momentos en los que te escuchas hablar y no te reconoces del todo.
Estás explicándole algo a tus hijos —cómo funciona una cosa, por qué el mundo es así y no de otra manera— y de pronto ocurre algo inesperado: una parte de ti se separa y observa. Te oyes desde fuera.
Y lo que escuchas te sorprende, a veces te emociona, otras veces te corrige.
No es que estés enseñando.
Es que al enseñar, ordenas. Al ordenar, descubres.
Y al descubrir, te das cuenta de que muchas cosas que dabas por sabidas eran solo creencias a medio cocinar, ideas que nunca habías tenido que defender en voz alta.
Enseñar a nuestros hijos es el espejo más honesto que existe.
Años después de aquella revelación —mis hijos ya crecidos, yo con más de dos décadas en esto del posicionamiento web— me encontré con un fenómeno que me resultaba familiar.
Llevaba tiempo trabajando con distintas herramientas de inteligencia artificial.
No como quien usa una calculadora, sino como quien dialoga con algo que responde, que pregunta, que a veces te obliga a reformular lo que creías tener claro.
Y entonces lo reconocí: me estaba pasando otra vez.
Explicar mi trabajo a una máquina me obligaba a ordenar lo que sabía. A separar lo esencial de lo accesorio. A preguntarme por qué hacía las cosas de cierta manera y no de otra.
Y en ese proceso, como cuando hablaba con mis hijos, aparecían grietas en lo que daba por hecho.
Certezas que no lo eran tanto. Atajos mentales que se habían convertido en hábitos.
Colaborar con una inteligencia artificial no es delegar. Es confrontar tu propio pensamiento con un interlocutor que no te da la razón por educación.
De vuelta al Instituto
En el bachillerato estudié filosofía clásica. Recuerdo especialmente a Sócrates, su ironía, su método. La mayéutica: el arte de hacer preguntas que ayudan al otro a responder sus propias preguntas y concebir sus propias ideas. En aquel momento pensé que aquello jamás me serviría para nada práctico.
Qué equivocado estaba.
Cada vez que trabajo con un LLM (lo que en la calle llamamos «IA»), cada vez que le doy contexto, que le explico un proyecto, que le pido que me ayude a estructurar una idea, estoy haciendo mayéutica sin darme cuenta.
Las preguntas que me obliga a responder —o las que me obligo a hacerme para darle al modelo un buen punto de partida— son las mismas que un buen mentor haría: ¿qué quieres conseguir realmente? ¿Por qué esto y no aquello? ¿Qué estás asumiendo sin comprobarlo?
Tan importante para un experto SEO es dar respuestas acertadas como hacer las preguntas adecuadas… (Cita en contexto)
La ironía socrática también aparece. Porque cuando le doy instrucciones vagas a una máquina, me devuelve resultados vagos. Y eso me obliga a admitir que tal vez yo tampoco tenía claro lo que quería.
Las preguntas enseñan más que las respuestas. Y quien no sabe preguntar bien, recibe respuestas que no le sirven.
Regreso al futuro
Llevo tiempo cruzando resultados entre distintas herramientas. Pasos previos en una, conclusiones en otra, revisiones en una tercera. Y hay algo que se hace evidente cuando trabajas así: cada modelo tiene su carácter.
No es antropomorfismo barato. Es observación. Unos son más directos, otros más prudentes. Unos tienden a la síntesis, otros al desarrollo. Hay diferencias de estilo, de tono, de cómo estructuran un argumento.
Y si las máquinas tienen estilo propio, ¿por qué tú ibas a renunciar al tuyo?
He visto a demasiada gente usar estas herramientas como fotocopiadoras de ideas ajenas. Un prompt rápido, un resultado genérico, copiar y pegar. El resultado es contenido que suena a todo y a nada. Que no tiene voz. Que no transmite criterio ni experiencia.
El resultado de tu trabajo con inteligencia artificial es tuyo si los ingredientes que aportas lo son. Si tú no pones nada distintivo, el resultado será indistinguible del de cualquier otro.
La amenaza de la IA endogámica
Hay un problema que pocos mencionan, pero que está erosionando silenciosamente la calidad de todo lo que leemos.
Los modelos de lenguaje aprenden de lo que encuentran. Si lo que encuentran es contenido mediocre, generado a su vez por otros modelos alimentados de contenido mediocre, el resultado es una espiral descendente.
Una endogamia de datos. Una degradación lenta pero implacable del nivel medio de lo que circula por la red.
Este fenómeno tiene implicaciones que van más allá de la calidad literaria.
Afecta a cómo los buscadores entienden y clasifican la información, a cómo procesan las consultas y ramifican las respuestas para intentar ofrecer algo útil.
Si las fuentes están contaminadas, los resultados heredan esa contaminación.
Pero la idea de fondo es sencilla: si te rodeas de mediocridad, tu comunicación empieza a sonar mediocre.
Si tu empresa se alimenta de fuentes pobres para contar lo que hace, acabará sonando como todas las demás.
La buena noticia es que el antídoto existe. Se llama criterio. Se llama experiencia real.
Se llama tener algo genuino que contar y saber cómo contarlo.
En un mundo saturado de texto sin alma, la voz auténtica se convierte en ventaja competitiva.
El contenido original, con criterio y con voz propia, no es romanticismo: es estrategia.
El mensaje en la botella
No escribo esto para impresionar a quien ya sabe de SEO o de inteligencia artificial. Escribo para quien toma decisiones en una empresa y siente que el ruido digital le supera. Para quien intuye que su presencia online no le representa. Para quien sabe que hay algo que no funciona pero no tiene tiempo de averiguar qué.
Lo que hago es ayudar a empresas a comunicar lo que son con claridad, con estructura, y de forma que tanto las personas como las máquinas puedan entenderlo y valorarlo. No se trata de trucos ni de atajos. Se trata de construir sobre fundamentos sólidos, de ordenar lo que ya existe, de darle forma a lo que tu empresa sabe pero no sabe expresar.
Enseñar a mis hijos me enseñó a escucharme. Trabajar con inteligencia artificial me lo recordó. Y ahora, cada vez que ayudo a un cliente a encontrar su voz, pasa lo mismo: al ordenar su mensaje, descubre cosas de su negocio que tenía delante y no veía.
Puedes seguir siendo parte del ruido. O puedes ser la señal que alguien estaba buscando. Hablemos.
Ricard Menor SOLID SEO
Esta imagen es real, no generada. Encontré esta rareza el 19/5/2025 en Palafrugell.
Hay valor y autenticidad en los rincones más insospechados, podemos buscarlos juntos.
Making of
Esta carta abierta -más que artículo y mucho más que blogpost, ni siquiera tiene palabra clave específica- ha sido creada desde cero en tres sesiones de trabajo discontinuas.
Han intervenido:
- Tu paciencia e interés para llegar hasta estas líneas finales.
- La de mi actual pareja, en general :)
- Mi hija e hijo, agradecido por darme la idea sin saberlo durante una comida familiar.
- Mi agente @GBM en Le Chat (Mistral), un LLM europeo con legislación y privacidad europeas.
- Mis instancias de Copilot, Gemini y Claude, que no alimentan a sus respectivos modelos.
- Last but not least, Ricard Menor @Person @Author.




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